Sabor A Fuego

Esther, la elegancia en el detalle

Los inesperados avatares del destino, los caprichosos giros de la vida, o el orden predefinido en la estrellas nos llevan allí donde estamos y a ser lo que somos.

Los comienzos

Hola, ¿qué tal?

Os voy a contar un poquito por encima cómo me fueron sucediendo acontecimientos en la vida por los que, de una manera directa o indirecta, fortuita o merecida, he llegado a ser bailarina profesional y creadora, junto al amor de mi vida, de la compañía de baile “Sabor A Fuego”.

Aunque me considero una persona con bastante sentido del ridículo, siempre me gustó cantar, bailar, interpretar y todo este tipo de cosas. Desde muy chiquitita me escondía en mi cuarto y hacia playbacks, bailaba (aprendía todos los videoclips que veía), lo pasaba bomba; esa era mi manera de jugar, pero cuando me pillaban mis padres en faena, ¡ay dios! No sabía dónde meterme, ¡me moría de vergüenza!

El cole y la gimnasia rítmica

Después me fui haciendo mayorcita… vamos, con 9 añitos; era la típica niña que actuaba en todas las fiestas del colegio, del barrio y donde podía, inventándome siempre mis coreografías. Claro que por aquel entonces había perdido el miedo a que me mirasen y a ser el centro de atención, ya que combinaba todo eso con competiciones de gimnasia rítmica.

Aprovecho para hacer un inciso y contar que, con 9 años, la Federación Española de gimnasia rítmica vino a Badajoz a seleccionar niñas para llevarlas a Madrid y formar el nuevo equipo nacional para las Olimpiadas de Atlanta. En esa selección fuimos elegidas mi prima y yo; mi papá no quiso que yo marchara, pero mi prima (Nuria Cabanillas) sí que fue al ser tres años mayor que yo. A pesar de que ella y el equipo consiguieron ganar el oro, a mí nunca se me ocurrió reprocharles nada a mis padres, ya que he tenido una infancia muy feliz y rodeada de toda mi familia; eso no lo cambio por nada.

Bueno, sigo. Después, a mi hermano (Sergio) se le antojó hacer gimnasia conmigo y nos pasamos a la gimnasia deportiva para poder estar juntos; ahí el que triunfo fue él. Volvieron a hacer pruebas de selección para el equipo autonómico y eligieron a Sergio. Tan sólo duró una semana, ya que se pasaba el tiempo llorando porque quería estar con su hermana; así que se volvió a seguir entrenando en el cole conmigo. Como anécdota, contaros que en la competición autonómica de toda Extremadura contra todos los colegios y selecciones ganamos nosotros, el “Luis Vives”; fue lo mejor.

Clases de baile

A ver, continúo, que me desvío. Cuando tenía 13 añitos, mi madre se apuntó a unas clases de baile e intentó que fuera con ella; pero qué va, por aquel tiempo era super fan de los Backstreet Boys y, como comprenderéis, el profesor de mi madre me parecía un carcamal, y eso del salón era una horterada para viejetes, ya véis…

Al año siguiente, sim embargo, cambiaron al profesor de baile y además se apuntó mi padre. Un día fui a acompañarlos y el nuevo profe me encantó, tenía 18 años, era alto, rubio y muy simpático… así sí bailo. Hicimos muy buenas migas, tanto que preparó una coreografía conmigo y la enseñamos como sorpresa para sus padres en una discoteca. A su madre no le gustó porque yo “estaba muy verde”… verde, verde, no… ¡amarilla! ¡Ja ja ja! Total, que no le dejaron bailar más conmigo y ni siquiera que nos viéramos, una pena.

Así que mi madre contactó con su antiguo profesor para que me pudiera formar en su academia, yo ya no podía estar sin bailar. Y me fue muy bien. Este hombre se llama Charly, y me abrió las puertas de su academia de bailes de salón y danza contemporánea (gratuitamente), con la condición de actuar con los profesores. Le estoy muy agradecida, y no se me puede olvidar aquella persona que me dedicó más tiempo: Paca, de corazón, mil gracias.

Ya con 16 años, en uno de los muchos pueblos en los que íbamos a bailar, en Valencia de Rentoso, conocí a un chico muy especial y mi primera pareja de baile, Antolín. Él me dijo que se venía a vivir a Badajoz para bailar conmigo, y yo encantada, aunque muerta de vergüenza.

Total, que vino hasta Badajoz y entró en la academia donde yo estaba; y ahí tuve mi primera desilusión en el mundo del baile, os cuento: este chico cambió su vida para bailar junto a mí, el director de la academia quería que fuera pareja de todas las chicas, y él no queria; así que los dos a la calle. Y me vi con mis 17 añitos en la calle, sin profesor, sin academia y sin sitio donde bailar, aunque al menos tenia pareja. Pero no hay mal que por bien no venga, y comenzaron a llamarme de asociaciones de vecinos y colegios para impartir clases, y formé un grupo de baile infantil; con mis dos primos de 11 y 12 años, dos niñas más de 9 y 10, mi hermano Sergio de 14 y su pareja de 16 años. A ellos los formaba y les montaba coreografias, haciendo espectáculos combinando con mi pareja y los niños, muy bien.

Ese mismo año toda la gente joven que estábamos bailando en Badajoz nos unimos para ir a competir a baile retro en Torremolinos, en la categoría de formaciones, con tan buena suerte que quedamos campeones de Europa. Cuando ví aquello… ¡bua! No me lo podía creer: el escenario, los focos, la gente, los trajes… ¡la BOMBA!

Competición y… salsa

A partir de entonces me centré en la competición en la categoría de vals, tango, pasodoble y algo de salsa… sin tiempo, y sin na prácticamente.

Fue entonces cuando empecé a bailar con Sergio, y con él en el escenario éramos la pareja perfecta en cuanto a confianza, compenetración y, sobre todo, respeto; menos en los ensayos, que siempre terminábamos peleados, muy mal. Bailábamos en muchos sitios y conseguimos muchos premios. Llegó el momento en el que estábamos un poco cansados, de que el jurado de las competiciones estuviera formado por famosillos, y de tener que aprender por vídeos, ya que en Badajoz no había profesorado cualificado.

Así que tomamos una decisión, la más acertada de nuestra vida, que fue probar en el mundo de la salsa. Y, casualidades de la vida, Lázaro de Pura Salsa de Cádiz, vino a Badajoz a hacer un curso intensivo de un fin de semana, y aprendimos un par de figuras para la salsa “en línea”, un par de salsa cubana y un par de meneitos.

SalsaOpen amateur

Con nuestra experiencia en el escenario y en competiciones y nuestros vestuarios, nos presentamos a la eliminatoria del SalsaOpen de Cádiz; sinceramente, fuimos a probar, para ver quién ganaba y así seguir la línea del ganador y presentarnos a la siguiente eliminatoria. Pero, las cosas del destino, ¡GANAMOS! Eso sí, en la categoría amateur, puesto que pese a tener títulos a nivel europeo, queríamos comenzar desde abajo; además, no vivíamos del baile, Sergio estudiaba y yo trabajaba en una tienda de ropa. Como anécdota, contaros que en esa misma eliminatoria, en la categoría profesional ganó Samuel (Wally), de Sevilla.

Para seguir contaros que Fabián era amigo de mi hermano; me lo presentó un día en la playa… y me cayó fatal. Retomando la competición, en dicho campeonato se nos acercó una chica diciendo que era hermana de Fabián, que tenía una importante compañía de baile que viajaba por todo el mundo y que quería que formáramos parte de esta. Bueno, gracias a dios fue por poco tiempo, ya que lo único que aprendimos fue el tiempo musical y lo mala que puede llegar a ser la gente.

En la fase final de la competición ganamos a nivel nacional. Éramos los campeones nacionales amateur, pero lo más impresionante fue conocer personalmente a bailarines internacionales de la talla de Jorge Santana, Jayson Molina, Ramón Morales, o Marta González.

Sabor A Fuego

A partir de ahí es más fácil que lo sepáis y conozcáis todo. Fabián y yo comenzamos una relación amorosa, él nos enseñó a bailar en tiempo dos. Pasó un tiempo y también nos formamos como pareja de baile y nos convertimos en “Sabor A Fuego” y formamos la compañía de baile junto con Sergio y una chica, aquella que desde niño bailaba con él. Así comenzamos a participar en más competiciones, congresos, festivales, salsaweekends, etc. Lo único que pido es durar lo máximo posible en este mundo del espectáculo y que no acabe de repente, sino dejarlo igual que entré, poquito a poquito, pasito a pasito.

Por último, aunque no menos importante, es agradecer a Juan Antonio Domínguez Becerra y a Isabel Vázquez Aranda, mis padres, todo el apoyo, el amor y la ilusión que nos han brindado desde el primer día; sois los mejores, ¡OS QUIERO!

Esther

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